En un mundo en el que todo cambia todo el tiempo, jugar algo con reglas y acuerdos puede ser muy tranquilizador. Los diseñadores de juegos lo llaman el círculo mágico y es ese estado en el que nos metemos mientras jugamos.
Ahí buscamos ganar de acuerdo con una realidad establecida; nos damos permiso de explorar, inventar, equivocarnos y perder, cosa que no hacemos en nuestra vida real.